Ex-Patria: el mensaje de Gabriela Montero

No soy un experto musical, solo un amante de la música. Ha sido mi fiel compañera desde que tengo uso de razón. La escucho y frecuentemente creo encontrar en ella no solo la melodía y el ritmo, sino lo que el compositor quiere decirme. Me deleito con los románticos, con la gran música sinfónica rusa, la elegante música francesa de Ravel, Debussy y Satie, la majestuosa música de Wagner, llevo constantemente en mi mente el tema inicial del segundo movimiento del Concierto para piano y orquesta #2 de Dmitri Shostakovich, me encanta todo Rachmaninov.

En condiciones normales, en términos de sencilla apreciación auditiva, los primeros minutos fuertemente discordantes de Ex-Patria me dejan un tanto frío, a pesar de que aprecio lo que la compositora quiere transmitirme. Afortunadamente, se presenta pronto una sección meditativa pero de creciente dulzura, en la cual el piano y la orquesta me van hablando de todo lo que yo amo, de una noche decembrina bajo el cielo azul de Los Teques, de un suave vals caroreño, de una muchacha zuliana de grandes ojos negros. Ya no es Shostakovich tanto como Aldemaro Romero y la bella tradición musical venezolana lo que inspira la composición. Esa sección central da paso, de nuevo, a una más agitada, donde la dulzura se enfrenta con el caos. Y así termina, en medio de la batalla, con los entusiastas aplausos de la audiencia.

Oigo a Gabriela Montero y lo que tiene que decirme. Sobre todo la parte central de su mensaje me llegó al alma. Prefiero el sonido de la felicidad al sonido del conflicto. Gabriela nos dice que, desafortunadamente, ambos son frecuentemente inseparables y que hay que buscar la una aunque estemos inmersos en el otro.

 

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