EL HITLER TROPICAL BUSCA SU GUERRA VENEZUELA, LA MUD Y NEVILLE CHAMBERLAIN

Antonio Sánchez GarcíaEs, repito, un momento aciago. Lo sufrimos abandonados por un liderazgo incapaz de reaccionar a tanta humillación con fortaleza y hombría. Pero profundamente convencidos del inmenso valor y el coraje de un pueblo decidido mayoritariamente a romper las cadenas y volver a lucir con orgullo su genética libertadora. Diría, parafraseando a un hombre digno y justo, así haya estado profundamente equivocado, quien a punto de pagar con su vida sus errores en medio de su tragedia dijera: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Ella espera por nosotros.
Antonio Sánchez García @sangarccs
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            Hitler aceptó a regañadientes la abyecta sumisión de Neville Chamberlain, que desafiando todos sus pronósticos aceptara todas sus exigencias, exageradas al máximo por el Führer para obligar al conciliador dirigente inglés a asumir con hombría la natural gallardía que debía ser el principal atributo de jefe del gobierno de Su Majestad británica. Jamás imaginó que el canciller del imperio sería tan porfiadamente obsecuente y entreguista, que satisfaría todas sus exigencias a cambio de atarle sus ímpetus guerreros y evitar que desatara la ya inevitable Segunda Guerra Mundial. Su Segunda Guerra Mundial. Hablamos de los acuerdos de Múnich,  aprobados y firmados durante la noche del 30 de septiembre de 1938 por los jefes de gobierno del Reino UnidoFranciaItalia y Alemania, con el objeto de solucionar la Crisis de los Sudetes, que sin la presencia de aquellos a quienes se les arrebataba ese pedazo de territorio y de historia de un solo zarpazo – los representante de Checoslovaquia -, se arrodillaron ante el Führer demostrando estar absolutamente incapacitados para defender sus naciones. 
            Confesaría luego su indignación. Que el baboso y obsecuente jefe de la política inglesa le atara las manos, así fuera con lazos de terciopelo y sólo por algunos meses, lo obligaría a retrasar en exactamente un año la apertura de las hostilidades, la invasión a Polonia y el inicio de la aventura que acariciaba desde el fin de la Gran Guerra, la del 14, saldada con la humillación y el ultraje a la ofendida grandeza germana. Así, mientras Chamberlain era recibido en Times Square por la ingenuidad de sus conciudadanos como el gran defensor de la paz europea, Hitler decidía acelerar los preparativos y aprovecharse de ese ominoso signo de cobardía y debilidad soltando sus furibundos mastines blindados en la ofensiva bélica más deslumbrante desde los tiempos de Alejandro Magno, Julio César y Napoleón Bonaparte. En un año aplastaría a la Europa continental y se la tragaría  desde el Atlántico a los Urales. Pero no todo estaba dicho. 
            No sabía Chamberlain que había dado el paso fatal que acabaría con su aristocrática carrera política, depositándolo en el basurero de la historia. Un extrovertido marino y parlamentario inglés, rechoncho y bohemio, bebedor de escocés de 18 años y empedernido fumador de voluminosos habanos, escritor consumado y pintor de talento, caprichoso en sus fidelidades políticas y por quien nadie daba un centavo,  le cogió el guante al dictador austriaco, apartó de un manotazo al nobilísimo y ya desvencijado ejemplar victoriano  – alto, flaco, bigotudo, elegante, siempre de bastón y chistera -, decidió arremangarse los pantalones, meterse hasta el pescuezo en el pantano del enfrentamiento con el caporal germano, y liarse a golpes en la epopeya más deslumbrante de la historia de Occidente desde la Guerra de Troya y las Termópilas. En ya célebres cinco días que harían historia, entre el 24 y el 28 de mayo de 1940, los miembros del Gabinete de Guerra británico, presidido por ese excéntrico noble inglés llamado Winston Churchill, debatieron si una Inglaterra debilitada negociaba finalmente con Hitler o continuaba en guerra. La decisión que se tomó en circunstancias tan dramáticas – rendida Francia y medio millón de hombres del ejército inglés atrapados en Dunquerque – marcó el destino de la Segunda Guerra Mundial y alteró el curso de la historia del siglo XX. Demostrando fehacientemente que en política la traición, el guabineo, la cobardía y la pusilanimidad no pagan. Mientras que el coraje, la decisión y la voluntad son las únicas llaves para abrir los portones del futuro. Una lección inolvidable, desgraciadamente olvidada por la élite política más mediocre, mezquina y pusilánime de la historia de Venezuela desde los tiempos fundacionales.  Hoy recibimos la merecida bofetada. Raúl Castro ha decidido liquidar el último resquicio democrático que les quedaba a los catorce millones de venezolanos que la eligieran, anexarse finalmente los sudetes parlamentarios y declararle la guerra a las democracias del hemisferio y nada más y nada menos que a los Estados Unidos de Norteamérica. ¿Estará Donald Trump a la altura de Winston Churchill? ¿Aceptará el envite? Ya está claro: una región  podrida de populismo y estatismo izquierdoso no lo respalda. Es lo que los venezolanos se estarán preguntando en esta hora aciaga para le voluntariosa resistencia democrática.
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             ¿Son compatibles el secuestro y la liquidación de la Asamblea Nacional electa bajo las normas de este mismo CNE y bajo el imperio de este mismo régimen por más de 14 millones de electores, hoy aherrojada por un ente reconocidamente fraudulento e ilegitimo como la llamada Asamblea Nacional Constituyente, repito: son compatible estos hechos burda y toscamente dictatoriales con el llamado a elecciones regionales? ¿Tiene algún sentido salir a buscar alcaldes y gobernadores cuando la tiranía se ha tragado a todos los diputados, legítimamente electos y, por ello mismo, de una legitimidad incuestionable? ¿Tiene algún sentido que lo haga un ente tan esperpéntico, ilegítimo y fraudulento como la llamada Asamblea Nacional Constituyente? ¿Deberemos aceptar la lógica del absurdo y recibir esta bofetada de los nuevos cocodrilos castristas sin emitir un suspiro? ¿Aceptará la presidencia de la Asamblea pasar del empujón del coronel Lugo a la patada en el trasero de Delcy Eloína Rodríguez Gómez?
            Vivimos el momento más aciago, más inaceptable, ofensivo y ominoso de la historia de la República, incluidos la Cosiata, la Guerra Federal, los desplantes y asesinatos anti parlamentaristas de Monagas, los caprichos y corruptelas de Antonio Guzmán Blanco, el aventurero y audaz asalto del andino Cipriano Castro al Poder, la traición de su compadre Juan Vicente Gómez, los crímenes de La Rotunda, los asesinatos de Pérez Jiménez y la larga y tortuosa decadencia de las élites democráticas, que culminan en esta ominosa claudicación electorera de la llamada Mesa de Unidad Democrática. Que nos hace recordar otras claudicaciones, como las que llevaran finalmente a los espantos de la Primera Guerra Mundial, cuando según el gran historiador Max Husting la feroz crisis que acompañó ese matadero fuera enfrentada por la élite política más miserable que conociera Europa en su historia moderna. Vivimos, como entonces, así sea guardando las debidas distancias,  el colmo de una gran crisis: no tener para enfrentarla más que a una élite política de bajísimos kilates. 
            De allí el asombro: jamás, en estos casi veinte años de este asalto implacable del castro comunismo cubano aliado con el golpismo y la corrupta oficialidad del militarismo venezolano, el régimen había osado llegar tan lejos como para exhibir las vísceras de su hamponato gansteril de manera tan obscena y desenfadada. Quienes desde lejos, en un muy infeliz traspié intelectual pretenden comparar la dictadura del general Augusto Pinochet con la dictadura de Nicolás Maduro, olvidan que aquella fue comisariada por todos los poderes constituidos de la República, desde la Corte Suprema de Justicia y el Parlamento, a la Contraloría y la Fiscalía General de la República. Que el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas chilenas tuvieron un comportamiento cónsono con su alto sentido profesional, patriótico y moral, que supieron enfrentar los rigores de una auténtica guerra interna, superar los graves problemas derivados del intento por imponer una dictadura castrocomunista en Chile, restablecieron el orden y pusieron la economía chilena a valer en la región, situándola a la vanguardia del desarrollo y del progreso. No me agrada reconocerlo: fui perseguido por ella y condenado a 10 años de cárcel, que debí sortear en el exilio. Para mi inmensa fortuna, en un país maravilloso, que hice mío, al que le debo mi felicidad y con cuyo destino me he comprometido con todas las fuerzas de mi espíritu.
            Es, repito, un momento aciago. Lo sufrimos abandonados por un liderazgo incapaz de reaccionar a tanta humillación con fortaleza y hombría. Pero profundamente convencidos del inmenso valor y el coraje de un pueblo decidido mayoritariamente a romper las cadenas y volver a lucir con orgullo su genética libertadora. Diría, parafraseando a un hombre digno y justo, así haya estado profundamente equivocado, quien a punto de pagar con su vida sus errores en medio de su tragedia dijera: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Ella espera por nosotros.