Sin embargo, los hechos de la globalización vienen a demostrar la insana avaricia, el abuso de la ingeniería financiera, la indecente y obscena práctica de la especulación de los banqueros y de los brokers aventando al mercado bonos y productos financieros meramente ficticios. Puro humo. Sólo de esta guisa -y de la manipulación de la Bolsa- se explica el desastre que vivimos producto de auténticos trileros. En Wall Street se han levantado genuinas “pirámides”, que han difundido la estafa al universo mundo con escandalosos beneficios para los intermediarios. Una universal estafa; la más indigna versión del banquero clásico, que a su rapiña de comisionista, añade el bochorno de la correspondiente indemnización al quebrar su banco o “fer fallida”. Estos sujetos de camisa y corbata que cometieron semejantes bandidajes son la misma obscenidad -con algunas excepciones- económica y social. Una expresión indecente de nuestra peor cultura contemporánea. Yo sé lo que de ellos dirían Adam Smith o los teólogos de Salamanca que en el siglo XVIII consultaba el inglés para mejor fundamentar su teoría de la riqueza y del mercado, según refiere Paul Johnson. Poco se alejarían de mis condenas aquellos puritanos calvinistas que cubren el “profit” como retorno del esfuerzo, la inteligencia, la constancia y el trabajo. Los valores que han constituido de siempre nuestra economía. ¿Cómo ahora se atreven éstos a sustituirlos por la especulación, la usura y el enriquecimiento fácil sin respetar a los dueños del dinero? En rigor, el banquero es un depositario de recursos ajenos, su deber es administrar y proporcionar rentabilidades. Un banquero que se precie jamás pondría en riesgo sus capitales. ¿Qué ha sucedido en esta ocasión?
Al fenomenal abuso de confianza de estos señores habría que añadir su avaricia infinita y su notabilísima imprecisión. Las gentes que ahorran se ven hoy turbadas por la orgía de irresponsabilidades: inversiones basura, bonos casi falseados, burbujas inmobiliarias, créditos a insolventes, hipotecas regaladas de altísimo riesgo…Todo el elenco de barbaridades que deben ser excluidas por principio de la ética de un banquero o de un bancario. Las consecuencias están a la vista irremediablemente. Mas, ¿puede admitirse por principio el imperativo solidario, o de asistencia forzosa, a semejantes individuos? Si ellos han violado todas las garantías del sistema, ellos deberían soportar los costos y el castigo, no sus depositantes o clientes. Asistirles de nuevo desde el erario público, es decir desde nuestros impuestos, me parece un peligroso ejercicio de “responsabilidad” e injusticia. Deberían pagar sus consecuencias civiles o penales, su inhabilitación permanente. En lugar de percibir indemnizaciones por sus desmanes (Lehman Brothers) deberían ser procesados y condenados como suele suceder a ladrones y chorizos. ¿Cuál es la diferencia entre lucro exagerado y latrocinio, si el inversor a la postre se queda en la nada?
Todo este desbarajuste ético exige una urgente recompensación, si se quieren evitar males mayores. No parece defendible -ni menos justificable- que se rían de quienes tanto han perdido en esta crisis, como simples víctimas inocentes, por el abuso del administrador de sus recursos. ¿El Estado debe proveer nuevos fondos a quienes los dilapidaron? ¿El Estado ha de admitir que tan ingentes sumas de dinero (el 15% del PIB español) pasen por las mismas manos? ¿Dónde están las garantías? Ni son admisibles los opíparos beneficios que obscenamente se anuncian, ni se disuelven las nieblas con el anuncio de que dichos fondos serán opacos; es decir, nadie sabría entre los ciudadanos a quién, ni a dónde van a parar sus recursos fiscales. Too mucht. Hemos nacido siervos, pero no tontos. ¿Van a ser los banqueros y las multinacionales sin escrúpulos los nuevos señores feudales? Lamento la suerte del ciudadano en uno de estos Estados donde los recursos se vuelcan en auxilio de los dilapidadores, y nadie sabrá quiénes son éstos por mor del “necesario” secreto. ¡Menuda democracia!
Barcelona, 30 de octubre de 2008
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