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Ira subterránea

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Lo que hay que oír es el sordo  tronar de la ira popular que  crece con los días.

¿Creerá  alguien que cuando las masas parisinas enardecidas liberaron a los  escasos presos que había en la Bastilla aquel infausto 14 de julio de  1789, fue porque había un líder que ofrecía una “alternativa” a Luis  XVI? ¿O porque la oposición a la monarquía ya tenía un plan  absolutamente bien armado, capaz de “enamorar” a las masas con un futuro  luminoso? ¿O que lo mismo sucedió entre febrero y octubre de 1917 en las  calles de San Petersburgo?

Nadie con un mínimo de  conocimiento histórico -y respeto por ese mismo conocimiento- cometería  tal desaguisado. ¿Por qué, entonces, sobra la gente que se empeña en ver  el desenlace que rápido se acerca en este país como una especie de  evento académico? Uno donde una oposición sesuda y firmemente unida  elabore un admirable “plan de gobierno”, casi que para lo que resta del  recién inaugurado siglo, y con un muy atractivo líder se lance -¿por  cuáles medios?, nadie se atreve a sugerirlo- a “enamorar” al pueblo,  logrando al fin arrancarlo de las manos del déspota que lo mantiene  encandilado.


Me permito disentir radicalmente de esa  visión; una que casi siempre corresponde a elucubración tardía -es  decir, cuando los acontecimientos ya son historia antigua- de gente que,  ni estuvo allí en el momento preciso, ni si hubiera estado habría  entendido nada. No, yo creo que la Historia es tan clara que uno no sabe  a cuenta de qué nos empeñamos en no ver lo que nos grita desde cada una  de sus páginas.

Hasta ahora la mayoría de los  grandes cambios políticos han sido paridos con dolor y muchas veces sin  que nadie los esperase para cuando llegaron raudos y sonoros. Es más,  quienes se enseñoreaban con un poder absoluto y por eso mismo abusivo,  jamás imaginaron que en muy po- cos días caerían estrepitosamente.  ¿Creen ustedes que los Ceaucescu en Rumania imaginaron nunca que cuando  convocaron a aquella gigantesca manifestación de apoyo a su brutal  dictadura terminarían fusilados a las pocas  horas?

Ni tampoco la gente, agotada y  desesperanzada, tenía en mente el voraz y tormentoso desarrollo que en  muy poco tiempo iban a protagonizar. ¿Imaginaron las mujeres de París  que, asediadas por el hambre, emprenderían el camino a Versalles al  grito de “¡Queremos pan, queremos pan!”. De allí lo traerían junto con  los reyes, a quienes proclamarían sus “huéspedes” en la notoria mazmorra  de las Tullerías?

No, amigos, esas cosas pasan y  nadie puede predecir cuándo, ni de qué modo. Y como decía Kapuscinski:  son inesperadas acciones de un pueblo que, de súbito, desahoga su  hartazón. Después de un largo silencio, ese día, justo ese, estalla en  mil pedazos su aguante, y de un manotazo da al traste con el despotismo  que impúdicamente hacía de las suyas.

En todos los  casos históricos que conocemos hay un patrón: al principio los abusos  del poder se ensañan con grupos exiguos, muy minoritarios. Envalentonado  por sus logros y el silencio obsecuente de los abusados -y de la  población que temerosa observa, conteniendo la respiración para no  hacerse notar- el régimen amplía y amplifica sus abusos: ahora más  gente, nuevos grupos, se ven arrastrados al calvario. Y eso envalentona  más a los secuaces del déspota. Conscientes de la total impunidad de que  disfrutan, nada les impide exhibir sus tropelías. El poder se siente  blindado y por tanto invencible.

Mientras, la ira  sorda va minando el piso que le sostiene y las víctimas van acumulando  las facturas. El poder no cae en la cuenta de que lo que ofrecía a  cambio: real sin medida, prebendas a granel, son bienes no renovables y,  que al verse despilfarrados por los mismos aprovechadores que le  acompañan, rápido se agotan. Y lo hace mientras las necesidades de la  población sometida aumentan.

Las quejas, al  principio apenas musitadas, se van haciendo más estentóreas y, como  anotó Tocqueville sobre la monarquía borbón en vísperas del estallido  revolucionario, el poder, ya muy debilitado no ve el abismo, sino que  cree que aún pisa terreno firme y controlado. Cree, como dicen en  Venezuela, que puede “huir hacia adelante”. Pero adelante están los  rápidos del río cuya corriente enloquece. A esas alturas, ya no hay  vuelta atrás. Sólo el precipicio.

¿No creen que  tiene poco sentido ver si el hombre “baja” unos puntos en las encuestas,  cuando lo que hay que oír es el sordo tronar de la ira popular que crece  con los días? La irritación por los racionamientos se desborda por  doquier, ¿es que no la perciben en cada mirada, no sienten su resuello  en cada silencio ominoso, en cada  huelga?


No más presos políticos, ni  exiliados

"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión."
Articulo19
Declaración Universal de los Derechos Humanos;
Asamblea General de la ONU el 10.12.1948.
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